Se vale hacer porno

Por Hugo Reyes 

@Vhugo_reyes

La cita es en una habitación de hotel. Tania se enfundó un minivestido blanco que encaja muy bien con su delgadez, tacones transparentes y una dosis de nervios que resaltan al entrar al cuarto. Se dirige hacia una silla recargada en la única pared con ventana dentro del lugar. “Eres muy cachonda, ¿verdad? … ¿te gusta tragarte el semen?”, pregunta el hombre de la cámara, lo que provoca que los nervios de Tania invadan su voz y su cuerpo. Ya no hay marcha atrás: el casting porno ha iniciado.

La reunión pasa de ser una entrevista sobre las prácticas bisexuales y anales de Tania a convertirse en un encuentro sexual ante las cámaras. La mujer tumbada en la cama de ese cuarto de hotel comienza a estimular su clítoris con los dedos de la mano derecha. Es protagonista. El rostro dispuesto siempre con una sonrisa hacia la lente no da signos de placer. Ganarse un contrato depende de su desempeño.

La industria de la que quiere ser parte ha pasado por momentos que la han llevado a reestructurarse. En la década de 1980  las siglas SIDA se imprimieron en todos los periódicos, en múltiples panfletos y carteles. Se detuvo la vida íntima de ciudades enteras. Un nuevo monstruo acechaba sobre la cama de los adultos.

Su primer golpe, el mundo artístico: actores, pintores, cantantes y bailarines homosexuales fueron el primer blanco de una infección de la que sólo se sabía una cosa, la vía de transmisión era sexual. Nombres como Cameron Bay y Rod Daily, llenaron la prensa, crearon la imagen de una enfermedad invencible. El virus de inmunodeficiencia humana cobraba, como segundo golpe,  las primeras muertes dentro de la industria porno.

Pasaron varios años antes de que empezara a entenderse qué era el SIDA. Los mismos que tardó la industria del porno para retomar su curso, diez. Fue hasta la década de 1990 que el entretenimiento de alto contenido erótico (como algunos gobiernos prefieren nombrar al porno) se enfrentó a un nuevo reto: las tecnologías de producción habían evolucionado y era momento de afrontarlas.

Cine-teresa

Cine clasificación D

De acuerdo con Salvador Quiauhtlazollin Martínez, especialista en historia del cine mexicano por la UNAM, el Tratado de Libre Comercio significó una pieza clave para descifrar una vida de cercos expresivos cada vez menores, debido a que plantea, por primera vez, la posibilidad de crear productos de clasificación D con libertad, y con ello, permitir que la pornografía tenga mayor presencia en revistas, discos compactos e Internet.  

Este impulso permitió la producción de categorías emergentes, entre ellas, la amateur, en la cual prevalecen personas que, apesar de no dedicarse a la pornografía, tienen el deseo de exhibir sus actos sexuales y satisfacer las necesidades visuales de los vouyeristas. Sin embargo, también pueden ser dos o más personas que mientras mantienen un acto copulativo, son grabadas, sin su consentimiento y expuestas a otros como material erótico.

Como lo explica el experto en cultura y sociedad, Naief Yehya, en su libro Pornografía. Obsesión sexual y tecnología, “Con Internet se democratizan todas las filias y fetichismos y todo mundo puede ver cualquier cosa, en cualquier momento, en cualquier lugar y a cualquier grado de intensidad”.

Una revelación en el mundo de esta perversión adulta llegó con la revelación de la aplicación Trends de Google al situar como tendencia, desde enero de 2004, a los videos de categoría amateur. A nivel internacional, México es el segundo país con más búsquedas de esta naturaleza en la red; aún más específico, bajo la etiqueta de amateur mexicano, se rastreó que el estruendo de este género tuvo más búsquedas en la Ciudad de México en diciembre del 2011, Campeche y Guerrero se ubicaron como las regiones consecuentes; no obstante, en la industria de la pornografía, las tendencias se guían de acuerdo a la innovación que las grandes casas productoras promueven mediante las páginas de Internet, CDs y productos sexuales varios.

Si bien, debido a que esta constante renovación ha ganado terreno en el ámbito digital, no es una empresa en la cual sea fácil mantenerse. El tiempo de éxito de la industria suele tener altibajos que están estrechamente relacionados con la satisfacción inmediata del espectador. De 2014 a 2015, estadísticas proporcionadas por el sitio de pornografía más famoso del momento: Pornhub.com revelaron que los mexicanos pasan al menos nueve minutos en un sitio web triple equis, lo cual confirma a la inmediatez como un hábito cada vez más común el el consumo de la pornografía; es por ello que los videos en línea comienzan a ser más cortos; aceleran el encuentro sexual, dan prisa al coito.

Es esta aceleración por la cual las categorías primigenias se convirtieron en la convencionalidad del porno digital: parejas de casados, tríos y tramas cómicas con disfraces se convierten en un cliché. Ahora poco interesantes en una sociedad que tiene nuevas prácticas sexuales como los swingers o el sexting. La industria tiene que renovarse y conocer las nuevas fantasías del consumidor. No es coincidencia que las nuevas tendencias se fijen en el incesto, lo amateur, las madrastras, entre otros, para evitar la monotonía.

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El casting. Pornografía a la mexicana

Según los sitios web: Tupornmex.com y Sexmex.xxx —sitios principales de producción porno en el país—, el casting es el escenario inicial donde actores y actrices tienen el primer contacto con la remuneración por este tipo de filmaciones. La cita se concreta a través de Internet. El formulario de ambas productoras mexicanas requiere del nombre, la edad, selección de las categorías a realizar (desnudo, streptease, sexo heterosexual u homosexual, entre otras) y lo más importante: una serie de fotografías de cuerpo completo al desnudo.

Las tendencias en esta categoría superan a la amateur. A pesar de ser un rubro poco explotado dentro del medio fue en 2008 cuando el consumo de esta temática de la pornografía se disparó exponencialmente hasta inicios de 2016, meses que cerraron con 99 por ciento de búsquedas, la más alta registrada desde el debut de la categoría.  

Detrás de un escritorio está sentada una mujer. Su tez morena, los labios hinchados y su mala pronunciación del inglés revelan su identidad latina. El encuadre enfoca la caída de su cabello rizado hasta sus senos. La cámara hace notar su voluptuosidad. Su pecho está por salirse involuntariamente de su escote. El color beige que predomina en la habitación le da un aspecto corporativo a la escena. ¿Una entrevista de trabajo?

—Tienes muchas probabilidades de convertirte en una modelo erótica debido a tu busto.

—Gracias —con una respuesta seca acaricia en círculos sus pezones.

Los senos de Ivette no pueden hacer esperar al público. El vídeo corta la entrevista laboral al minuto 2:30. Dos segundos y la toma cambia. Una vez más la larga cabellera, sólo que esta vez desciende por su cuerpo desnudo. La cámara está en picada. Se puede ver jugueteando al entrevistador con el cuerpo de ella, sin más que dejar a la imaginación. Ivette lo saborea. Su boca es un túnel de excitación.

“En el encuentro no se hace nada que la o el interesado no quiera”, relata Héctor Reyes, director de TuPornMex, además, mención que siempre busca un perfil “muy mexicano”, no le interesa vender estereotipos norteamericanos o europeos. En sus audiciones siempre pregunta algunas aspectos relacionados al por qué el entrevistado busca entrar a la pornografía y cuáles son sus aptitudes, posteriormente, las corrobora con una escena de sexo explícito. Así, las empresas dedicadas a la pornografía mexicana colocan sus propios filtros y estilos particulares acerca de lo que a los latinos les gusta ver.

Tania tiene una idea clara de esta empresa: el porno bien explotado es un buen negocio. Cifras por parte del portal de contenido para adultos, Pornhub.com, muestran que tan sólo en 2013 las ganancias a nivel mundial de la pornografía ascendieron a los mil millones de dólares, misma cantidad que empresas como Toyota, Google y Microsoft invirtieron en México en el año 2015.

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Asimismo, la herramienta de Google, trends, demuestran que en los últimos 10 años, el fenómeno de la pornografía ha crecido a un nivel exponencial. Reflejo de ello son las 30 millones de personas que, por minuto, acceden a los sitios de consumo porno. Cantidad que fácilmente supera los 20 millones de feligreses que año tras año acuden al segundo recinto religioso más visitado del mundo, la Basílica de Guadalupe.

Sin embargo, el trabajar para alguna de estas empresas triple equis no se reditúa de la misma manera en todo el mundo. Estados Unidos, país líder en producción y consumo erótico, destina un pago cercano a los 10 mil pesos por cada escena que no implique una grabación mayor a una hora, es decir, un filme de actrices amateur, mientras que en México, por cada una de estas jornadas, suelen pagarse alrededor de 600 pesos.

Pero, a pesar de que la idea de un salario no es el principal atractivo dentro de esta industria, ¿qué motiva, además de un deseo por la experiencia erótica, a enfilarse en estas labores? La pornocultura, el escenario frente al que “estamos, un nuevo mundo pornográfico, ante una pornificación de la cultura que impacta en todo el ámbito social. Es natural de los humanos desear las diferencias”, admite el autor del libro Pornografía. Obsesión sexual y tecnología, Naief Yehya.

No resulta extraño, entonces, que la mirada de Tania termine en el piso. Después de una hora es el único de sus sentidos que ha quedado intacto. El casting ha terminado, “felicidades Tania”, estás contratada. La nueva actriz porno agradece el tiempo con una sonrisa que contrasta con el tono de su piel. Su carrera recién comienza ¿Podrá ser la próxima estrella del entretenimiento para adultos?

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